No es una pregunta baladí. Organizar una JMJ requiere millones de horas de trabajo, poner a disposición de los jóvenes recursos de todo tipo, dejar de hacer cosas que se consideraban importantes, y un sinfín de quebraderos de cabeza: organizar ocho millones de comidas y cenas en agosto, por ejemplo. ¿Por qué meterse en semejante embolado? ¿No habríamos sacado más provecho si hubiéramos dedicado las mismas energías a lo de siempre? No creo que sea tarde para esa pregunta. Es más, hemos de tenerla continuamente ante nuestros ojos. Sólo pensando en cómo queremos estar cuando termine la JMJ, podremos poner los medios adecuados.El hilo conductor de las JMJ es siempre el mismo: la presentación del mensaje evangélico a los jóvenes. Si da frutos espirituales en proporción a los desvelos, habrá valido la pena; si no, habríamos perdido lastimosamente el tiempo.
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